La hipnosis es para muchos algo raro, que huele a misterio, pero en realidad se trata de un estado de conciencia semejante al sueño, que se logra por sugestión y que se caracteriza por la aparente sumisión de la voluntad de la persona a las indicaciones de quien lo ha provocado.
Se dice que los sacerdotes egipcios lo podían inducir, y es sabido que los hombres primitivos mediante brebajes alucinógenos o elaborados ritos, caracterizados por danzas con toques de tambor o cantos monótonos, tenían alucinaciones, dominaban el cansancio, se curaban trastornos funcionales y llegaban a estados catalépticos o de trastornos nerviosos caracterizados por la inmovilidad y la rigidez muscular de una parte del cuerpo, junto con una disminución de la sensibilidad al dolor.
Por desconocimiento de fenómenos naturales no comunes, como la telepatía, la visión extra ocular, visión remota o dermo óptica, por ejemplo, se creyó que ciertas sanaciones eran debidas a poderes mágicos o sobrenaturales de chamanes o hechiceros. Hoy podemos afirmar que la fe que el sujeto tiene en su médico o sanador es parte importante en el proceso de sanación, y algunas veces hasta suficiente. Afirman que Jesús dijo: Tu fe te ha sanado, vete y no lo cuentes a nadie. También tiene efecto el poder de la sugestión individual o colectiva, la cual potencializa los propios recursos terapéuticos del organismo.
Desde la antigüedad, Hipócrates y Galeno habían fijado algunas bases de la medicina moderna, y suponían que la enfermedad podía explicarse físicamente. En la Edad Media se llegó a considerar la enfermedad mental como un castigo divino, consecuencia de una vida pecadora o el resultado de una acción demoníaca. Se tomaban también los fenómenos 15naturales como castigo, tales como las inundaciones, sequías y huracanes. Se pensaba más en protegerse de la enfermedad, que en buscar su verdadera causa y medios de curación.
Se tuvo, entonces, el ambiente propicio para que la Iglesia católica permitiera las Cruzadas para atacar a los Moros y creara la Inquisición para juzgar a los herejes, torturar y quemar a los supuestos poseídos del demonio. Se tornó práctica común el exorcismo para expulsar «malos espíritus». En algunas poblaciones costeras se libraban de los enfermos mentales embarcándolos hacia asilos en otros lugares, originando en Europa lo que tristemente se llamó “Las naves de los locos”. A finales de la Edad Media, cuando la lepra desapareció de Europa y la Iglesia llegó a permitir la esclavitud, porque se consideraba que los negros no tenían alma, los pobres, los vagabundos, los presidiarios y los enfermos mentales fueron rechazados por la sociedad.
Ni las monarquías ni la burguesía de la época tenían la menor intención de aliviarlos. En tiempos de Enrique IV, París contaba con unos treinta mil mendigos sobre un total de cien mil habitantes. En 1657 el Hospital General de París tenía un censo de seis mil internados, a muchos de los cuales se llegó a tratar con medidas represivas en vez de terapéuticas. El Rey confirió a sus directores poder absoluto para dotar al hospital de cepos (objetos para inmovilizar), argollas, cadenas y mazmorras, como si se tratase de un campo de concentración. Es por ello que llegaron a estar recluidos en un mismo lugar el desempleado, el mendigo, el epiléptico, el hijo descarriado y el padre que no supo administrar sus bienes. Simultáneamente evolucionó la ciencia.
Los filósofos meditaban acerca de la esencia del ser. Leibniz, un filósofo y matemático alemán (1646-1716) que descubrió el cálculo infinitesimal al mismo tiempo que Newton y construyó una máquina de multiplicar, opinó que todos los seres están constituidos por sustancias simples, entre las cuales existe una armonía universal, en la que se supone un Dios como punto central.